Guía de México

A su llegada a México, el mismo Hernán Cortés dio fe de la maravilla que se extendía ante sus ojos, describiendo detalladamente Tenochtitlán en las “Cartas de relación” enviadas a Carlos V. “Todo parece de plata […] esta ciudad está fundada en una gran laguna salada […] Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba […] tiene una plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca […] Hay muchas mezquitas o casas de sus ídolos de muy hermosos edificios, de maravillosa grandeza y altura”.

Pirámide de Kukulkan en Chichén Itzá
Pirámide de Kukulkan en Chichén Itzá

Hace varios siglos ya de la enuncia de aquellas palabras, sin embargo, entre el verdor de un paisaje de flora y fauna multicolor que les alberga, los vestigios de aquellos ayeres se erigen aún con orgullo, como prueba irrefutable del asentamiento y la grandeza de culturas que no sólo brindaron parte de la identidad cultural e histórica del país, sino que fungen como prueba fehaciente de la sabiduría ancestral que permanece estoica y majestuosa al paso del tiempo.

Es un agasajo a la vista, el poder contemplar la imponencia de templos y de espectáculos que demuestran el vasto conocimiento astronómico que poseían, como ejemplo, el que nos brinda el equinoccio de primavera que sucede en el “Palacio de Quetzalpapálotl”, ubicado en Teotihuacan en el Estado de México o El Templo de Kukulcán, en Chichén-Itzá, donde gracias a la precisa exactitud con la que fueron construidos, nos permiten apreciar el inigualable fenómeno arqueastronómico de una serpiente que parece descender por la alfarda de la escalinata desde las alturas para coronarse al pie de la misma a la caricia de la luz solar y la sombra de cada escalón, o como en “el Templo de las siete muñecas” ubicado en la zona arqueológica de Dzibilchaltún, en la península de Yucatán, donde un haz de luz atraviesa justo a través de la puerta, permaneciendo el disco celeste allí por un instante efímero dando la sensación de una cálida “bienvenida”. Esto por hacer una breve mención.

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Quizás una de las características que confluye y cabe resaltar, es la predominancia de esa fuerte vibra que emana, se percibe y absorbe. Muchos viajeros de todos los rincones del mundo, coinciden en éste escenario año con año para recargarse de energía. Vestidos de blanco, el 21 de marzo trepan a la cumbre piramidal, porque se tiene la firme creencia de que éstos sitios pueden limpiar de cargas negativas en una especie de renovación impoluta. Sea coincidente la época del equinoccio o no, lo que deja sin lugar a dudas, es que recorrer éstos parajes ofrece un efecto catártico en el visitante que permanece en la memoria.

Después de la conquista española. El mestizaje trajo consigo un sinfín de costumbres que de manera heterogénea congenian para dar origen a lugares como “San Juan Chamula“, un templo que se halla en la población del mismo nombre en el estado de Chiapas, donde el cristianismo y lo pagano se fusionan para crear un ambiente donde los Santos (católicos) son ataviados con ropajes netamente indígenas y las prácticas de fe se realizan al más puro estilo prehispánico entremezclado con la enseñanza evangelista. Esta mescolanza no sólo se ve reflejada en templos, arquitectura y tradiciones. También en la gran diversidad gastronómica, que vasta, se extiende por todo el territorio ofreciendo un verdadero festín al paladar. Con la tan mundialmente afamada cocina amante del picante. México promete un paseo por las nubes al calor del comal, el olor de la tortilla, la especiada esencia de los moles, del tequila y el mezcal fluyendo por el torrente con su galante cometido de conquistar el corazón.

Por si fuera poco, la picardía y el humor de su gente también encantan. Una sonrisa siempre dispuesta en el rostro de un pueblo que es capaz de encontrarle el lado amable hasta a la misma muerte. Para muestra basta un botón y nada mejor como la festividad del 2 de noviembre (día de Muertos) para dar testimonio de ello. Ofrendas se extienden en altares decorados con todo aquello que para el difunto en vida era apreciado. Comida y bebida favorita, fotografías rememorando al invitado de honor. Se piensa que en esa fecha el espíritu de los que han partido, regresa para visitar a sus seres queridos. Incluso se escriben las famosas “calaveritas“, que no son más que rimas socarronas que anuncian de manera satírica el encuentro con “La Dientona“, forma popular de nombrar a la Muerte.

México: País de misticismo y folclore, de gente hospitalaria que ofrece hermandad a quienes le visitan desde tierras lejanas. Sus calles cuentan historias: caminarlas, inundar los sentidos con sus colores, aromas y sabores… Beberlo, comerlo, respirarlo… Adentrarse y recorrer la innumerable cantidad de museos que resguardan fieles su historia. Admirar las creaciones de manos artesanas que ostentan la inestimable heredad de tradiciones atávicas. Sumergirse de lleno en el acervo idiosincrásico y entender de primera mano, el por qué, grandes personajes tuvieron un idilio hasta el final de sus días con ésta , la que consideraron, su segunda patria. Un Luis Buñuel que al calor del abrazo de la tierra, tuvo un prolífico despliegue artístico y consolidando su romance con la patria se nacionalizó mexicano. O Trotsky que, tras el exilio, encontró no sólo refugio en un país que le acogió con cordialidad, sino un hogar y amistades invaluables, hijos de la tierra como Frida Kahlo y Diego Rivera. Mentes revolucionarias, artistas de talla internacional que, a través de su ojo artístico, plasmaron el amor por la madre, por esta gran nación. Misma obras que hoy día, junto a las de otros muchos más artistas pródigos, permanecen como testigos silentes del amor, del sufrimiento, del coraje, valor y entereza de un pueblo que sigue extendiendo los brazos a todo aquel que busque abrigo.

México: Nación pluricultural. Inspiración de todo aquel que pisa suelo mexicano, que queda seducido por el encanto de una tierra caliente que hace palpitar las entrañas. Gabriel García Márquez ya lo describía años atrás, declarando que “México era el país soñado al que todos queríamos llegar”, “fue un refugio creador, un país cuya gente y cultura son una fuente de inspiración” y para categórica muestra representativa de ello, virtuosa la halló, en un viaje rumbo a Acapulco, Guerrero; donde nacieron las claves que necesitaba para concebir una de sus más grandes y reconocidas novelas “Cien años de soledad”. Él, quien sólo estaba de paso por una semana para visitar a un amigo, cien años no le bastaron y cautivo del efluvio mágico del país, pasó toda una vida enraizado a la tierra que le acogió como un hijo más.

Conocer México con un vistazo desde ojos propios y ajenos, resulta en un enamoramiento pocas veces pasajero. Es inevitable dejarse embelesar por todo lo que representa. ¿Cómo no dejarse hipnotizar por los acordes del mariachi, de los sones, de la algarabía y el júbilo de su gente que ofrece su sonrisa franca y sincera, por una tierra fértil de aguas cristalinas que bañan sus litorales. Por ese remanso dulce colmado de riquezas culturales e históricas, pero sobre todo humanas.

Es muy complicado definir la inmensidad de México en pocas palabras, por eso debe viajar a este gran país con tiempo. Lo necesitará para conocer su gigantesca capital de DF, inmensa en extensión, en cultura y monumentos. Desde el Zócalo hasta el parque de Chapultepec, Coyoacán el barrio de la cultura y de Frida Kahlo, Xochimilco y sus canales, los museos, monumentos y mercados. y la visita obligada a las pirámides de Teotihuacan.

Folklore, gastronomía, cultura literaria, arte y exposiciones, y aún no hemos salido del Distrito Federal. Al norte el México colonial, Puebla, Guadalajara, Guanajuato, el desierto de Sonora y la península de California. Al este Veracruz y el golfo. Al oeste Acapulco, Oaxaca y las playas del Pacífico. Y al sur la Riviera Maya y las pirámides de Chichén-Itzá, Tulúm y Cobá en Yucatán, Palenque en Chiapas, los cenotes, y las selvas centroamericanas…

Una vez que visites México, lo llevarás indeleble en la piel, bajo la esperanza promisoria de siempre “Volver…volver…volver a sus brazos otra vez…”